Leyendas y tradiciones

Seres maléficos y fantásticos

Los demonios

Los seres maléficos presentes en el imaginario de los vecinos de Nanegalito son el Duente y el Guaguauca, al que se le suma el Ushis.

El Duende

El Duende desde la época en que se formó el pueblo hasta la actualidad tiene una fuerte presencia en Nanegalito. Sin embargo, son muy pocos los que lo han visto, aunque muchos más los que lo han sentido. Verlo puede significar el fin o el desquiciamiento para una persona. Uno de los pocos individuos que lo ha visto en Nanegalito y que ha sobrevivido para contarlo es don Manuel Correa:

«Yo le conocí en la vía a Suro en el camino viejo. En ese tiempo era muchacho y me gustaba mucho la cacería, entonces tenía perro, una escopeta y siempre la costumbre de andar con machete. Allí había un árbol coposo, grandote. Mi perro se fue siguiendo a otro animal y yo me subí al árbol ese, cuando siento un tropel. Yo creí que era el perro o algún otro animal. Enseguida me alisté con el arma, cuando yo me estiro atrás del árbol, veo a un guambrito nomás con un tremendo sombrerazo medio blanco y con las patas al revés. Iba vestido con las naguas que acostumbran antes, que eran como una sotana media negra. Entonces yo le disparé y ni más lo volví a ver, ni tampoco me ha hecho soñar. Lo que me dijeron fue: tú como eres valiente y andas con machete po eso te salvaste.»

El Duende en Nanegalito también ha sido visto en otros sitios, como el camino viejo que va a la Armenia o en el barrio San Francisco. Al parecer, el Duende prefiere ciertos sitios para realizar sus tropelías y asustar a las niñas ojonas y pelonas o, a los chumados. En otras ocasiones parece tener su residencia en lugares relacionados con el agua, sean: chorreras, quebradas, etc. Probablemente sitios considerados sagrados en épocas anteriores.

Muchas personas han sido aduendadas, a pesar de que muchas de ellas ni siquiera lo han visto. El aduendamiento implica a veces sensaciones de malestar como lo que le ocurrió a Doña Anita Collaguazo en cierta ocasión:

«Una vez estaba vendiendo guayusas, se me acabó el trago y me vengo a llevar el trago de la casa, habían sido las doce de la noche. A lo que subía y llego a la puerta, me siento bien borracha, cosa que yo me cogí de la misma puerta. Me sentí bien chumada, mareada, pero yo no había tomado ni una copa, y yo decía que será. Ya de que me pasó un rato, ahí cogí el trago y me tomé una copa y no regresé breve al negocio hasta que pase las doce y media. Después supe que en el sitio por donde subí le veían al duende los del Consejo.»

Con mayor frecuencia, los aduendados han sido, los muchachos desobedientes y las niñas. El mismo Manuel Correa recuerda una vez que su hermano de 14 años:

«.. le mandó mi mamita a comprar y él no quiso irse, y se fue respondiéndole. Después de un rato nos empezábamos a preocupar porque no llegaba y no llegaba, cuando en eso llega diciendo: «ah!, ah!, ah!».

Nosotros nos asustamos sin saber lo que pasaba y le decíamos: «¿qué te pasó?» Y el no más nos decía: «ah!, ah!, ah!», pero no le entendíamos qué le pasaba porque no podía hablar. Entonces mi abuelito le fue limoiando con el sombrero el mal viento, y ya puso hablar diciendo: un chiquitico me llevaba con un sombrerazo »

 

 

 

 

 

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